
Cuando pasamos el umbral de la
cafetería nos encontramos de nuevo en el pórtico de aquella galería tan enorme
como compleja. Pero yo en realidad me fijé en los patios, en esa luz que entra
ferviente y fuerte hasta dentro del edificio, como si fuera calcada de una
llanura inmensa, allí se hace refractaria. Vinculante hacia las paredes, por
los ventanales que la transmiten dentro. Traslucida que se recrea en el
interior. El patinillo del bar sirve de terraza, donde había varios estudiantes
con estampa de colegiales. Como poseyendo el lugar con su sentada junto a las
mesas, atenuando con su silueta aquella terracita. Dándole vida, informando al
lugar de esa vida estudiantil, neocatecumenal, simbólica, esencial,
transitoria. Con el mestizaje de la juventud en el estudio, de la sobriedad con
la circunstancia. Luego salimos a la Plaza Cardenal Salazar, con esa breve
intención de la despedida, y juntos nos fuimos por el callejón hasta la ermita
de San Bartolomé donde de nuevo admiramos el recinto, con la palmera y la
claridad entrando desnuda entre sus muros. Volviendo por la calleja, el
pasadizo intimo y estrecho fuimos a dar a la esquina de la Casa de Sefarad,
justo en la calle Judíos. Entre pláticas y conversaciones varias, mirando cada
rincón de la Judería como si fuera la primera vez que andamos por ella. Por fin
llegamos a la Puerta de Almodóvar en una comitiva que se interpelaba a si misma
sobre la naturaleza que les había unido, en recordatorio a los últimos escritos
literarios redactados, como prueba de una existencia seglar. Limitada a una
afición a escribir que nos desborda y sigue en aumento cada día que pasa. Allí
bajo aquel monumento en las entrañas de la ciudad nos despedimos, con la
naturalidad de quien espera volver a verse pronto. Debían ser al filo de las
cinco de la tarde, mientras la villa bullía en su trasiego y comodidad de un
día laboral.
José Fco. Villa Jiménez
Córdoba, 1 de febrero de 2016
Preciosa forma de describir un paseo por la Córdoba de mis amores. Saludos
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