50 y crea, un colectivo amante de la literatura

Todo comenzó alrededor de una enorme mesa, envueltos por mil tarros de porcelana. Afuera, un ciprés que no lo es, nos lanzaba miradas de viejo altivo, cargado de leyendas y colmado de misterios.

Era Matilde quien nos relataba, con su voz de melocotón y de sal del puerto, las historias de las ventanas que se abren, de las luces que se encienden, de los pasos que se escuchan, de las siluetas desertadas de la morgue y de los perros que no cruzan la línea transparente, pero aterradora, que parece dividir lo real de lo imaginario.

Con muchas cosas que contar

Nos encontramos por vez primera, con la literatura como telón de fondo y la décima edición de Cosmopoética como coartada, en la vieja Facultad de Filosofía y Letras, el antiguo hospital, la propia Matilde, Andrés, Rosario, Paqui, José Luis, Pilar, Loli, Gregorio y Sonia; sumándose luego Remedios, Paco, Dolores y Encarna.

Nació así el colectivo 50ycrea, un grupo de amigos y amigas que han superado el medio siglo, a los que les une su amor por la literatura y que tienen muchas cosas que contar.

lunes, 1 de febrero de 2016








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Cuando pasamos el umbral de la cafetería nos encontramos de nuevo en el pórtico de aquella galería tan enorme como compleja. Pero yo en realidad me fijé en los patios, en esa luz que entra ferviente y fuerte hasta dentro del edificio, como si fuera calcada de una llanura inmensa, allí se hace refractaria. Vinculante hacia las paredes, por los ventanales que la transmiten dentro. Traslucida que se recrea en el interior. El patinillo del bar sirve de terraza, donde había varios estudiantes con estampa de colegiales. Como poseyendo el lugar con su sentada junto a las mesas, atenuando con su silueta aquella terracita. Dándole vida, informando al lugar de esa vida estudiantil, neocatecumenal, simbólica, esencial, transitoria. Con el mestizaje de la juventud en el estudio, de la sobriedad con la circunstancia. Luego salimos a la Plaza Cardenal Salazar, con esa breve intención de la despedida, y juntos nos fuimos por el callejón hasta la ermita de San Bartolomé donde de nuevo admiramos el recinto, con la palmera y la claridad entrando desnuda entre sus muros. Volviendo por la calleja, el pasadizo intimo y estrecho fuimos a dar a la esquina de la Casa de Sefarad, justo en la calle Judíos. Entre pláticas y conversaciones varias, mirando cada rincón de la Judería como si fuera la primera vez que andamos por ella. Por fin llegamos a la Puerta de Almodóvar en una comitiva que se interpelaba a si misma sobre la naturaleza que les había unido, en recordatorio a los últimos escritos literarios redactados, como prueba de una existencia seglar. Limitada a una afición a escribir que nos desborda y sigue en aumento cada día que pasa. Allí bajo aquel monumento en las entrañas de la ciudad nos despedimos, con la naturalidad de quien espera volver a verse pronto. Debían ser al filo de las cinco de la tarde, mientras la villa bullía en su trasiego y comodidad de un día laboral. 
 José Fco. Villa Jiménez
Córdoba, 1 de febrero de 2016

1 comentario:

  1. Preciosa forma de describir un paseo por la Córdoba de mis amores. Saludos

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